"El Cazador de Gringos": El Montaje
Por Sergio Rommel Alfonso Guzmán

La Compañía Mexicali a Secas, bajo la dirección de Ángel Norzagaray, es un caso aparte en el desarrollo del campo teatral bajacaliforniano.
Por un lado, reúne a un conjunto de actores y de actrices de probada solvencia y, por otro, mantiene un repertorio de obras que van desde divertimentos -a partir de la estética clown (“Gracias querida”)- hasta recreaciones de íconos de la dramaturgia contemporánea como “La balada de Miguel Chivo” a partir de la “Ópera de dos centavos” de Bertolt Brecht.
Sin embargo, después de la puesta y re-puesta en escena de “Cartas al pie de un árbol”, un verdadero clásico del nuevo teatro mexicano, y de incursiones que van desde un teatro cuasi radiofónico, sustentado en la agilidad del texto y la eficacia de la actoralidad (Monogamia), Norzagaray y el colectivo no habían logrado un montaje llamado a postular con tal fuerza y contundencia –de nueva cuenta- la emergencia de una teatralidad de frontera (que no fronteriza) que apropiara la cultura patrimonial del Norte de México y, precisamente por su arraigo local, trascendiera con vocación universal.
Esta refundación post-Cartas de Mexicali a Secas se avizora en “El cazador de gringos” de Daniel Serrano bajo la dirección de Ángel Norzagaray.
Norzagaray aprovecha al máximo las virtudes del texto de Serrano: Su eficaz composición dramática, la afortunada exploración de “las posibilidades del movimiento nostálgico” (Guadalupe Bejarle), su humor incisivo y correoso que nos pasma y sobre todo, un lenguaje absolutamente verosímil, no sólo en el nivel semántico sino también en el fonológico de la lengua.
Heriberto Norzagaray nos trasmite la ingenua barbarie de un personaje abrumado por la vocación a la heroicidad; su emisión vocal es pausada y precisa.
Su corporalidad nos muestra la pesadez que carga sobre los hombros Heberto Matías Palma. Norma Bustamante (Clara) pone en acción un potente registro emocional.
La desesperación ante el abandono tácito del marido, la ternura disfrazada de moderadas dosis de violencia conyugal como recurso inevitable. Felipe Tututi (Nico) evidencia su enorme capacidad de propiciar efectos cómicos que se trastocan en ganchos al hígado de dolorosa desesperanza; y el casi juego de un cincuentón locuaz pero aparentemente inofensivo que deriva en tragedia con el asesinato del oficial de “border patrol” de origen mexicano en la interpretación de Paul Paredes.
Pero vayamos a la anécdota: Heberto Matías Palma, un mexicano con pinta de gringo, vigila la frontera escopeta en mano desde la azotea de su casa para defender la patria de la invasión de los gringos.
Paralelamente, en el porche (según acota el dramatugo aunque el director disloca fuera de la casa dicho espacio) Remedios (Alejandra Rioseco) y José (Andrés García), dos ancianos, se mecen en sus poltronas.
Daniel Serrano nos obsequia en cinco breves escenas dos personajes entrañablemente conmovedores de la dramaturgia bajacaliforniana.
El par de viejos que fuman “Delicados” y beben café nos hacen presente el pasado a través de la memoria en feliz conjunción con la aspiración agustiniana (“el pasado es presente en forma de memoria y el futuro es presente en forma de esperanza”; cito de memoria).
Si en “Cartas al pie de un árbol” Norzagaray y Mexicali a Secas nos mostraron cómo los recursos idiomáticos y visuales de las regiones periféricas de México podían ser utilizados a favor de una teatralidad que partiera, pero a la vez trascendiera, lo regional; en “El cazador de gringos” nos postulan la vigencia de dicha apuesta y la posibilidad de hacer un teatro escaso en recursos escenotécnicos pero abundante en su estructura mítica, en su raigambre identitaria, en su calidez humana.

*Director de la Escuela de Artes de Tijuana.

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