‘Monogamia’
Crítica publicada en el Periódico Frontera de la Ciudad de Tijuana el 15 de mayo del 2005.
Por Rafael Rodríguez

“Todos intentamos ser monógamos. Nadie lo consiguió. Fue cosa de tiempo. Nos cambiamos de partido político, de barrio, de amigos, de auto, de esposa. No reconocimos a nuestra pareja y hasta nuestros hijos de pronto nos resultaron extraños. Hablamos de la lealtad como un paraíso perdido y la soledad se convirtió en lo único sólido”.
Partiendo de esta premisa, Marco Antonio de la Parra pone a andar su imaginación para concebir un diálogo entre dos hombres de mediana edad, dos hermanos que se reúnen para compartir sus experiencias y preguntarse sobre el amor, los conflictos entre parejas y la manera particular que tenemos para enfrentar los retos que el destino nos impone en la difícil tarea de aprender a vivir.
“Monogamia” es el nombre de la propuesta con lo que el dramaturgo chileno hace la reflexión sobre esta temática, muchas veces abordada desde los ámbitos del teatro, la literatura y el cine, y que esta vez llega a nosotros con la puesta en escena que realizan Daniel Serrano y Javier Vera, bajo la dirección de Ángel Norzagaray.
Sentados en torno a una apartada mesa de un restaurante, en un club privado, las palabras fluyen torrenciales en un intercambio de ideas en el que tema central es la fidelidad a nuestros amores, los ideales con que una vez enfrentamos el mundo y la terquedad con que la vida nos conmina a cambiar de parecer y a reinventar cada día nuestros sueños.
Las preocupaciones del autor dan para mucho, y tal vez por eso decide acotarlas aterrizando las mismas en un lenguaje llano, en una trivialización de los parlamentos de sus personajes que ponga límites a la representación, desterrando a la solemnidad de la escena teatral.
El tono elegido por Norzagaray y sus actores es coincidente con la apuesta de De la Parra por la comedia; con una visión que elige el desenfado y la risa como la más mordaz de las armas de la crítica para mostrar al mundo la miseria que nos rodea. Ahí están sus aciertos, aunque también es donde se hacen más evidentes sus limitaciones.
Al respecto, lo primero que tendría que decir es que la obra se sostiene de principio a fin. El público responde a lo que ocurre en escena y en más de un caso ocurre que algunos espectadores participan anticipando o completando los diálogos de los actores. Evidentes patrones de identidad conectan a unos y a otros haciendo de la representación un diálogo mayor que compromete a más de dos en el debate.
Sin embargo, hay que decir que para que esto ocurra, el espectador debe tolerar un exceso de palabras y formas retóricas redundantes que sirven como anclajes para sostener el ritmo de la representación, pero que, tal vez por una falla en el manejo tonal de algunos de los textos, en más de un momento tienden a desesperar al que escucha detrás de la cuarta pared.
Pareciera que el autor y el director en un inicio no contaran con más recurso que el del suspenso para sostener el interés de quien desde la butaca espera por el relato de una historia que cumpla con el objetivo de entretenerlo, al tiempo que compromete sus emociones y su intelecto. La brevedad y la síntesis es un don ausente en la obra.
Lo anterior, sumado un rebuscamiento extremo en la evolución de la anécdota hasta su punto final, hace de la dramaturgia y de la representación un producto débil en sus alcances, muy a pesar de la vitalidad de su propuesta y los medios de los que se vale para realizarla. Haría falta una buena edición por parte del director y un marcaje más puntual de sus intenciones, por parte de los actores, para que el trabajo fraguara con mayor éxito en la puesta en escena. Norzagaray tiene la palabra.
* Periodista cultural y crítico de Artes Escénicas.

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