A-Saltos
El Temblor de los Juanes
Columna publicada el día 16 de Febrero de 2008, en los diarios La Crónica de Mexicali, Baja California y Frontera de Tijuana, Baja California.
Por Ángel Norzagaray
Hasta vi cuando se derrumbaban las casas comosi estuvieran echas de melcocha; nomás se retorcíanasí, haciendo muecas y se venían las paredes enterascontra el suelo. Y la gente salía de los escombros todaaterrorizada corriendo derecho a la iglesia dando de gritos.
El día del derrumbe.
Juan Rulfo.
Ahora que estuvo temblando en Mexicali me acordé mucho del difunto Juan Rulfo y del difunto Juan José Arreola que en gloria de Dios estén.
Amigos que fueron en vida y que seguramente lo son en muerte (cosa que para ambos sería de lo más natural), coincidieron en muchas cosas, una de ellas fue escribir sobre temblores.
Los Juanes eran canijos y le sabían a eso de la escribidera hasta colocarse como de los mejores del mundo. El Arrreola que les digo, en La Feria, toma diversas voces del pueblo de Zapotlán el Grande (tan grande que lo hicieron Ciudad Guzmán un tiempito después) para refocilarse de lo lindo con situaciones chuscas que lo habitantes viven en relación con el temblor.
Va desde el comportamiento de quienes estaban en misa, que comienzan muy piadosos encomendándose a Dios y terminan mentando madres en medio de un rosario de avesmarías, hasta la salida de los habitantes a descampado para instalar ahí sus tendederos donde malpasar la noche, deteniéndose en el hecho de que las meretrices hicieron su agosto ejerciendo el oficio en descampado, para escándalo de muchos.
En Mexicali pasó lo mismo; no lo de las hetairas, claro, porque nosotros no tenemos esas cosas, sino lo de acampar al aire libre para evitarse las vigas en la cabeza. Y fue justamente el ver a algunas familias mexicalenses durmiendo en medio de un lote baldío lo que me hizo acordarme de los Juanes y de La Feria, y de El día del derrumbe, que es como se llama el cuento de Rulfo que habla del temblor.
Ahí, en el cuento de Rulfo, entra también la cosa política porque se da cuenta de cómo el gobernador del estado va a auxiliar a los damnificados y aquello se convierte en una guarapeta excepcional que termina en trifulca por culpa de un borracho que formaba parte de la comitiva gubernamental, que cuando lo quisieron callar “sacó la pistola y comenzó a darle de chacamotas por encima de la cabeza mientras la descargaba contra el techo.
Y la gente que estaba allí de mirona echó a correr a la hora de los balazos. …Hubieran visto al gobernador allí de pie muy serio, con la cara fruncida, mirando hacia donde estaba el tumulto como queriendo calmarlo con la mirada”.
A mi ese cuento me encanta; recuerdo constantemente, con especial regocijo el siguiente párrafo que tiene un remate impecable: “La música, no sé por qué, siguió toque y toque el Himno Nacional, hasta que el catrincito que había hablado al principio, alzó los brazos y pidió silencio por las víctimas.
Oye, Melitón, ¿por cuáles víctimas pidió él que todos nos asilenciáramos?
Por las del efipoco”.
En fin, para meterle bulla a la tragedia, yo si les pido que lean a los Juanes, Rulfo y Arreola. Son una delicia que te pone a temblar de risa. ¡Ave María Purísima!
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